dimecres, 26 de novembre del 2008

Almas grises


Todos víctimas, todos verdugos
Philippe Claudel
Almas grises
Trad. José Antonio Soriano
Salamandra, 2005, Barcelona

Todo esto puede parecer un enorme barullo, un revoltijo sin pies ni cabeza, pero en el fondo no ha sido más que una sucesión de fragmentos, imposibles de recomponer. Esta y otras justificaciones sobre el acto de escribir de el narrados de Almas grises recuerdan al lector que se esta enfrentando a una historia personal, aunque el leit motiv de la novela pueda parecer en un principio el asesinato de una inocente niña.
Philippe Claudel nos sitúa en un abanico de años que van principalmente desde 1914 a 1937, aunque el eje principal, la muerte de la pequeña Belle en un pueblecito francés, es en el año 1917, en plena Primera Guerra Mundial. El contexto histórico no es banal, pues a las muertes masificadas de las trincheras y los obuses, normalizadas hasta cierto punto, se sumaran la de los personajes que irán cayendo con el paso de los años alrededor del triste narrador. Sin darnos a conocer jamás el nombre de este, Claudel hace discurrir por su memoria y escritura los episodios funestos que marcaron la vida de este ex policía; situaciones únicas para un pueblo casi incomunicado, situaciones repetidas en miles de lugares, tiempos y personas.
La tensión argumental parece que gira entorno un asesinato y alguna que otra muerte aislada, pero lo que de verdad pone la salsa a la novela son los repetidos flasback a los que nos somete el escritor sin previo aviso, hablando en pasado, de pronto recordando en presente y conjeturando en futuro. La presentación de los personajes, aparentemente física pero profundamente psicológica, hace que nos adentremos en una historia rica en actitudes y contenido. Lo importante no son la pistas para resolver el crimen, sino los sentimientos que desencadena en cada una de las personas teóricamente estereotipadas (el hombre solitario, la muchacha sonriente, el soldado desertor).
Con su propia desgracia a sus espaldas, el narrador hace uso de la ironía para hacer una crítica profunda al poder, al dinero, a la guerra y a todos aquellos que se escapan impunemente de la muerte. Los inocentes condenados tienen un leve eco del fusilado a Réquiem por un campesino español, y los corruptos adinerados parecen sacados de los capataces de Macondo.
Claudel se llevó el premio Renaudot y ganó el de Libro del Año por los libreros franceses y la revista Lire con este relato en que todo el mundo sospecha entre si, pero que en el fondo todos son víctimas de la misma guadaña, la guerra.