
PROTAGONISTAS OLAS
El mismo mar
Amos Oz
Siruela
Si Amos Oz se cuestiona en el inicio de La historia comienza cual debería ser el principio de cada novela que enfrenta un escritor, no hay duda que para su maravillosa obra El mismo mar no ha vacilado en darle un arranque con un contenido de fábula pero de forma muy rítmica, de poesía: No muy lejos del mar, en la calle Amirim/vive solo el señor Albert Danon. Le gustan las aceitunas/y el queso curado. Es un hombre apacible, asesor fiscal,/hace poco que Nadia, su mujer,/murió una mañana de cáncer de ovarios. Dejó/algunos vestidos, un tocador, unas servilletas bordadas/con delicados hilos. Su único hijo, Enrico David,/se ha ido a escalar las montañas del Tíbet.
No es nada desdeñable: el cuento parece sencillo, nos podemos imaginar al pobre Albert sentado en la soledad de su casa, con el recuerdo aún caliente de su esposa muerta. Los incipientes detalles que Oz describe nos anuncian una historia muy íntima y tal vez dolorosa, unas vidas rasgadas por la realidad que a todos nos toca. Además introduce temas tan humanos como interesantes para engancharnos a la historia como son la muerte, la pobreza, la huida.
En El mismo mar encontramos, pues, los ingredientes imprescindibles para llevar al lector a un viaje introspectivo al alma humana, pero sin dejar de presentar bien el plato. Amos Oz alterna su poesía rica en matices con una prosa ágil para darnos un respiro; experimenta con los versos a la vez que sus personajes catan las distintas dimensiones del ser, aventura numerosos títulos en cada pequeño texto para secuenciar múltiples vidas que se cruzan en la felicidad, los remordimientos y el temor.
Si quisiéramos dar un sentido a la obra de Oz, que ya queda justificada por su propia riqueza lingüística y sentimental, éste desembocaría en el mismo título: padre, novia, hijo, amiga, amante, solo, triste… Todos son protagonistas de la historia y todos participan de un mismo objetivo, ése es, reconocer la muerte en el mar que acompaña los atardeceres de la ciudad, porque al fin y al cabo, todos los pensamientos se dirigen al vaivén de las olas que van y vienen, y mueren en el infinito arenal. Las vidas más o menos miserables, siempre al límite de la equivocación, necesitan justificarse en sus actos, pero es solo en la comunidad inevitable de los fallecidos donde ven un destino claro.
Amos Oz quiere aserenar a sus criaturas, darles estabilidad emocional, y por eso se insiere él mismo (o como mínimo su alter ego) en el relato y se hace partícipe de su propia escritura para ayudar a tranquilizar el mar convulso de las tragedias humanas. La originalidad del autor actuando en su propio texto adula al lector, lo hace cómplice de su inventiva y, en última instancia, le provoca el torbellino que busca toda literatura: el placer.
El mismo mar
Amos Oz
Siruela
Si Amos Oz se cuestiona en el inicio de La historia comienza cual debería ser el principio de cada novela que enfrenta un escritor, no hay duda que para su maravillosa obra El mismo mar no ha vacilado en darle un arranque con un contenido de fábula pero de forma muy rítmica, de poesía: No muy lejos del mar, en la calle Amirim/vive solo el señor Albert Danon. Le gustan las aceitunas/y el queso curado. Es un hombre apacible, asesor fiscal,/hace poco que Nadia, su mujer,/murió una mañana de cáncer de ovarios. Dejó/algunos vestidos, un tocador, unas servilletas bordadas/con delicados hilos. Su único hijo, Enrico David,/se ha ido a escalar las montañas del Tíbet.
No es nada desdeñable: el cuento parece sencillo, nos podemos imaginar al pobre Albert sentado en la soledad de su casa, con el recuerdo aún caliente de su esposa muerta. Los incipientes detalles que Oz describe nos anuncian una historia muy íntima y tal vez dolorosa, unas vidas rasgadas por la realidad que a todos nos toca. Además introduce temas tan humanos como interesantes para engancharnos a la historia como son la muerte, la pobreza, la huida.
En El mismo mar encontramos, pues, los ingredientes imprescindibles para llevar al lector a un viaje introspectivo al alma humana, pero sin dejar de presentar bien el plato. Amos Oz alterna su poesía rica en matices con una prosa ágil para darnos un respiro; experimenta con los versos a la vez que sus personajes catan las distintas dimensiones del ser, aventura numerosos títulos en cada pequeño texto para secuenciar múltiples vidas que se cruzan en la felicidad, los remordimientos y el temor.
Si quisiéramos dar un sentido a la obra de Oz, que ya queda justificada por su propia riqueza lingüística y sentimental, éste desembocaría en el mismo título: padre, novia, hijo, amiga, amante, solo, triste… Todos son protagonistas de la historia y todos participan de un mismo objetivo, ése es, reconocer la muerte en el mar que acompaña los atardeceres de la ciudad, porque al fin y al cabo, todos los pensamientos se dirigen al vaivén de las olas que van y vienen, y mueren en el infinito arenal. Las vidas más o menos miserables, siempre al límite de la equivocación, necesitan justificarse en sus actos, pero es solo en la comunidad inevitable de los fallecidos donde ven un destino claro.
Amos Oz quiere aserenar a sus criaturas, darles estabilidad emocional, y por eso se insiere él mismo (o como mínimo su alter ego) en el relato y se hace partícipe de su propia escritura para ayudar a tranquilizar el mar convulso de las tragedias humanas. La originalidad del autor actuando en su propio texto adula al lector, lo hace cómplice de su inventiva y, en última instancia, le provoca el torbellino que busca toda literatura: el placer.

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